jueves, 29 de agosto de 2013

RELIGIÓN Y ALUCINACIÓN

Me da mucha pena los crédulos. He llegado a llorar por mujeres y hombres ingenuos, los de semblante triste que abarrotan magnificas catedrales a la espera de promesas que nunca se cumplirán. Soy consciente que no tendría éxito si intentara convencerles que han caído en una trampa. La gran mayoría inconscientemente repite la lógica siniestra del “engáñame que me gusta”.

Si pudiera, les diría a todos que no existe el mundo protegido de los sermones. Sólo en “Alicia y el país de las maravillas” es posible vivir sin peligros de accidentes, sin posibilidades de frustración, sin contingencias y sin riesgos.

Si pudiera, diría que no es verdad que “todo va a salir bien”. Para muchos (incluso cristianos) la vida no ha salido bien. Algunos perecieron en campos de concentración, otros nunca salieron de la miseria. Mujeres han visto a sus esposos agonizar bajo torturas. Padres han sufrido en cementerios debido a la partida prematura de sus hijos. Si pudiera, advertiría a los ingenuos que varios hijos de Dios murieron sin nunca ver cumplida la promesa.

Si pudiera, diría que sólo en los delirios mesiánicos de los falsos sacerdotes suceden milagros a borbotones. La regularidad de la vida requiere realismo. Los tetrapléjicos van a tener que esperar por los milagros de la medicina –quien sabe, algún día, los experimentos con células madre logren regenerar los tejidos dañados-. Los niños con síndrome de Down merecen ser amados sin la presión de “tener que ser sanados”. Los amputados no deben esperar a que los miembros crezcan nuevamente, sino que la cibernética invente prótesis más eficientes.

Si pudiera, diría que sólo los oportunistas con menos escrúpulos prometen riqueza en nombre de Dios. En un país que remunera el capital por encima del trabajo, los campesinos, los conductores, los educadores, las enfermeras, los albañiles, los obrros, van a tener dificultad para pagar una canasta familiar básica. Miente quien reduce la religión a un proceso mágico que garantiza el ascenso social.

Si pudiera, diría que no todo tiene un propósito. Denunciaría la muerte de bebés en el hospital público como pecado; por lo tanto, contrario a la voluntad de Dios. No permitiría que los teólogos cargaran a la cuenta de la Providencia el río que se transformó en cloaca, el bosque incendiado y las comunas que se acumulan en la periferia de las grandes ciudades. Jamás dejaría que se intentara explicar el accidente automovilístico causado por un borracho como suceso de la “voluntad permisiva de Dios”.

Si pudiera, pediría a las personas que intentaran vivir una espiritualidad menos alucinada y más “con los pies sobre la tierra”. Diría: de nada sirve disfrazar la realidad del mundo con deseos utópicos. De la misma manera en que un etíope no cambia el color de su piel, no se altera la realidad cerrando los ojos y esperando un paraíso de delicias.

Soy consciente que no seré oído por la gran mayoría. Debo seguir escribiendo, hablando… puede ser que unos pocos presten atención.


Soli Deo Gloria.

por Ricardo Gondim

miércoles, 28 de agosto de 2013

LA GRATITUD DE PERTENECER A LA COMUNIDAD CRISTIANA

Igual que sucede en el ámbito individual, la gratitud es esencial en la vida cristiana comunitaria. Dios concede lo mucho a quien sabe agradecer lo poco que recibe cada día. Nuestra falta de gratitud impide que Dios nos conceda los grandes dones espirituales que nos tienen reservados. Pensamos que no debemos darnos por satisfechos con la pequeña medida de sabiduría, experiencia y caridad cristianas que nos ha sido concedida. Nos lamentamos de no haber recibido la misma certidumbre y la misma riqueza de experiencias que otros cristianos, y nos parece que estas quejas son un signo de piedad. Oramos para que se nos concedan grandes cosas y nos olvidamos de agradecer las pequeñas (¿pequeñas?) que recibimos cada día. ¿Cómo va a conceder Dios lo grande a quien no sabe recibir con gratitud lo pequeño?

Todo esto es también aplicable a la vida de comunidad. Debemos dar gracias a Dios diariamente por la comunidad cristiana a la que pertenecemos. Aunque no tenga nada que ofrecemos, aunque sea pecadora y de fe vacilante. ¡Qué importa! Pero si no hacemos más que quejarnos ante Dios por ser todo tan miserable, tan mezquino, tan poco conforme con lo que habíamos esperado, estamos impidiendo que Dios haga crecer nuestra comunidad según la medida y riqueza que nos ha dado en Jesucristo. Esto concierne de un modo especial a esa actitud permanente de queja de ciertos pastores y miembros "piadosos" respecto a sus comunidades.

Un pastor no debe quejarse jamás de su comunidad, ni siquiera ante Dios. No le ha sido confiada la comunidad para que se convierta en su acusador ante Dios y ante los hombres. Cualquier miembro que cometa el error de acusar a su comunidad debería preguntarse primero si no es precisamente Dios quien destruye la quimera que él se había fabricado. Si es así, que le dé gracias por esta tribulación. Y si no lo es, que se guarde de acusar a la comunidad de Dios; que se acuse más bien así mismo por su falta de fe; que pida a Dios que le haga comprender en qué ha desobedecido o pecado y lo libre de ser un escándalo para los otros miembros de la comunidad; que ruegue por ellos, además de por sí mismo, y que, además de cumplir lo que Dios le ha encomendado, le dé gracias.

Con la comunidad cristiana ocurre lo mismo que con la santificación de nuestra vida personal. Es un don de Dios al que no tenemos derecho. Sólo Dios sabe cuál es la situación de cada uno. Lo que a nosotros nos parece insignificante puede ser muy importante a los ojos de Dios. Así como el cristiano no debe estar preguntándose constantemente por el estado de su vida espiritual tampoco Dios nos ha dado la comunidad para que estemos constantemente midiendo su temperatura. Cuanto mayor sea nuestro agradecimiento por lo recibido en ella cada día, tanto mayor será su crecimiento para agrado de Dios.


(Texto extraído del Libro "Vida en Comunidad" de Dietrich Bonhoeffer,

Ed. Sígueme - Salamanca 1985.)

COMO EL HIJO PRÓDIGO

EL PAÍS LEJANO

Henri Nouwen

También dijo: "Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos dijo a su padre:  "Padre,  dame la parte de los bienes que me corresponde".  Y les repartió los bienes.
No muchos días después,  juntándolo todo, el hijo menor se fue lejos a una provincia apartada, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
Cuando todo lo hubo malgastado,  vino una gran hambre en aquella provincia y comenzó él a pasar necesidad.
Entonces fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra,  el cual lo envió a su hacienda para que apacentara cerdos.
Deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos,  pero nadie le daba.
Volviendo en sí,  dijo: "¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan,  y yo aquí perezco de hambre!
Me levantaré e iré a mi padre,  y le diré: Padre,  he pecado contra el cielo y contra ti.
Ya no soy digno de ser llamado tu hijo;  hazme como a uno de tus jornaleros;".
Entonces se levantó y fue a su padre.  Cuando aún estaba lejos,  lo vio su padre y fue movido a misericordia,  y corrió y se echó sobre su cuello y lo besó.

Lucas 15:11-20

Soy el hijo pródigo cada vez que busco el amor incondicional donde no puede hallarse. ¿Por qué sigo ignorando el lugar del amor verdadero y me empeño en buscarlo en otra parte? ¿Por qué sigo marchándome del hogar donde soy tratado como un hijo de Dios, el amado de mi Padre?

Estoy admirado de cómo sigo cogiendo los regalos que Dios me ha dado – mi salud, mis dones intelectuales y emocionales – y sigo utilizándolos para impresionar a la gente, para reafirmarme, y para competir por el premio, en vez de utilizarlos para gloria de Dios.

Sí, a menudo los llevo conmigo a la «tierra lejana» y los pongo al servicio de un mundo explotador que no reconoce su valor verdadero. Es casi como si quisiera demostrarme a mí mismo y al mundo que no necesito del amor de Dios, que puedo vivir por mí mismo, que quiero ser plenamente independiente.

Detrás de todo esto está la gran rebelión, el «No» retundo al amor del Padre, la maldición no expresada con palabras: «Me gustaría que estuvieses muerto.» El «No» del hijo pródigo refleja la rebelión original de Adán: su rechazo al Dios en cuyo amor hemos sido creados y cuyo amor nos sostiene. Es la rebelión que me coloca fuera del jardín, fuera del alcance del árbol de la vida. Es la rebelión que hace que me disperse en un «país lejano».

Aquí se desvela el misterio de mi vida. Soy amado en tal medida que soy libre para dejar el hogar.

La bendición está allí desde el principio. La he rechazado y sigo rechazándola. Pero el Padre continúa esperándome con los brazos abiertos, preparado para recibirme y susurrarme al oído: «Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco.»


Reflexiona acerca de cómo nosotros, a veces, somos como el hijo pródigo.

SOLEDAD Y COMUNIDAD


Por
Dietrich Bonhoeffer

¿Para qué una iglesia?

Muchos buscan la comunidad por miedo a la soledad. Su incapacidad de soledad les empuja hacia los otros. También ciertos cristianos que no soportan estar solos por experiencias negativas consigo mismos esperan recibir ayuda en compañía de otros seres humanos. La  mayoría de las veces se ven defraudados y entonces reprochan a la comunidad lo que debería reprocharse a sí mismos. La comunidad cristiana no es un sanatorio espiritual. Refugiarse en ella huyendo de sí  mismos es convertirla en lugar de chismes y distracción, incluso bajo la apariencia de una elevada espiritualidad. Porque en realidad no se busca la comunidad sino la embriaguez que permita olvidar por un buen tiempo la propia soledad y que,  por lo mismo, sumerge al hombre en una soledad todavía más mortal. Tales tentativas tienen como resultado a anulación de la palabra de Dios y de toda experiencia auténtica, y provocan la resignación y la muerte espiritual.

El que no sepa estar solo, que tenga cuidado con la vida espiritual. 
No podrá sino hacerle daño y hacerse daño a si mismo. Solo estabas ante Dios cuando Él te llamó y solo respondiste a su llamado; solo tuviste que cargar con tu cruz, luchar y orar, y solo morirás y darás cuenta a Dios de tu vida. No puedes huir de ti mismo, porque es Dios mismo quien te ha puesto aparte. Rehusando estar solo rechazas la llamada que Cristo te hace personalmente y no podrás tomar parte en la comunidad de los llamados.

E
l que no sepa vivir en comunidad, que tenga cuidado con la soledad. Has sido llamado al seno de la iglesia y este llamado no se te ha hecho solamente a ti: llevas tu cruz, luchas y oras dentro de la comunidad de los llamados. No estás solo; incluso en la muerte y en el día del juicio no serás sino un miembro de la gran comunidad de Jesucristo. Si desprecias la comunión fraterna, rechazas la llamada de Jesucristo y tu aislamiento no te acarreará más que desgracia.

Conclusión

Sólo dentro de la comunidad podemos estar solos, y sólo aquel que sabe estar solo puede vivir en comunidad. Ambas cosas van unidas Sólo en la comunidad aprendemos la verdadera soledad, y únicamente en la soledad adquirimos realmente el sentido de la comunidad: sin embargo, no se trata de dos experiencias sucesivas, ambas comienzan al mismo tiempo: con el llamado de Jesucristo.  Querer vivir en comunidad sin estar solo es arrojarse al vacío de palabras y sentimientos, querer estar solo sin la presencia de la comunidad es caer en un abismo de vanidad, narcisismo y desesperación. El que no sepa estar solo, que tenga cuidado con la vida en comunidad.

Reflexión

El que no sepa vivir en comunidad, que tenga cuidado con su soledad. La comunidad diaria de la familia cristiana camina a la par de la soledad diaria de cada uno de sus miembros. Debe ser así. De lo contrario, individuo y comunidad se verán afectados de impotencia. 

LA DEPENDENCIA ENTRE LA COMUNIDAD

NO SOMOS ISLAS
Thomas Merton

Comenzamos a comprender la importancia positiva, tanto de los éxitos como de los fracasos y los accidentes de nuestra vida, únicamente cuando nos vemos en nuestro verdadero contenido humano, como miembros de una raza que está proyectada para ser un organismo y un “cuerpo”.

Mis logros no son míos: el camino para llegar a ellos fue preparado por otros.

El fruto de mis trabajos no es mío, pues yo estoy preparando el camino para las realizaciones de otros. Tampoco mis fracasos son míos, sino que pueden derivar del fracaso de otros, aunque también están compensados por las realizaciones de esos otros. Por tanto, el significado de mi vida no debe buscarse únicamente en la suma total de mis realizaciones. Sólo puede verse en la integración total de mis logros y mis fracasos, junto con los éxitos y fracasos de mi generación, mi sociedad y mi época.

Todo hombres es un pedazo de mí mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo, porque somos miembros de Cristo. Lo que hago lo hago también para ellos, con ellos y por ellos. Lo que hacen, lo hacen en mí, por mí y para mí. Con todo, cada uno de nosotros es responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. La caridad no puede ser lo que se pretende que sea si yo no comprendo que mi vida representa mi participación en la vida de un organismo totalmente sobrenatural al que pertenezco.

La soledad, la humildad, la negación de uno mismo, la acción, la contemplación, la familia, la guerra y la paz: nada de esto tiene sentido si no está en relación con la realidad central, que es el amor de Dios que vive y actúa en aquellos a quienes Él ha incorporado en Cristo. Nada absolutamente nada tiene sentido si no admitimos, como John Donne, que “los hombres no son islas, independientes entre sí; todo hombre es un pedazo del continente, una parte del Todo”.

Lea Romanos 12:3-8 y reflexiona acerca de la relación que deberíamos llevar con nuestros hermanos en Cristo.