Me da mucha pena los crédulos. He llegado a llorar por mujeres y hombres
ingenuos, los de semblante triste que abarrotan magnificas catedrales a la
espera de promesas que nunca se cumplirán. Soy consciente que no tendría éxito
si intentara convencerles que han caído en una trampa. La gran mayoría
inconscientemente repite la lógica siniestra del “engáñame que me gusta”.
Si pudiera, les diría a todos que no existe el mundo protegido de los sermones. Sólo en “Alicia y el país de las maravillas” es posible vivir sin peligros de accidentes, sin posibilidades de frustración, sin contingencias y sin riesgos.
Si pudiera, les diría a todos que no existe el mundo protegido de los sermones. Sólo en “Alicia y el país de las maravillas” es posible vivir sin peligros de accidentes, sin posibilidades de frustración, sin contingencias y sin riesgos.
Si pudiera, diría que no es verdad que “todo va a salir bien”. Para muchos
(incluso cristianos) la vida no ha salido bien. Algunos perecieron en campos de
concentración, otros nunca salieron de la miseria. Mujeres han visto a sus
esposos agonizar bajo torturas. Padres han sufrido en cementerios debido a la
partida prematura de sus hijos. Si pudiera, advertiría a los ingenuos que
varios hijos de Dios murieron sin nunca ver cumplida la promesa.
Si pudiera, diría que sólo en los delirios mesiánicos de los falsos sacerdotes
suceden milagros a borbotones. La regularidad de la vida requiere realismo. Los
tetrapléjicos van a tener que esperar por los milagros de la medicina –quien
sabe, algún día, los experimentos con células madre logren regenerar los
tejidos dañados-. Los niños con síndrome de Down merecen ser amados sin la
presión de “tener que ser sanados”. Los amputados no deben esperar a que los
miembros crezcan nuevamente, sino que la cibernética invente prótesis más
eficientes.
Si pudiera, diría que sólo los oportunistas con menos escrúpulos prometen
riqueza en nombre de Dios. En un país que remunera el capital por encima del
trabajo, los campesinos, los conductores, los educadores, las enfermeras, los
albañiles, los obrros, van a tener dificultad para pagar una canasta familiar
básica. Miente quien reduce la religión a un proceso mágico que garantiza el
ascenso social.
Si pudiera, diría que no todo tiene un propósito. Denunciaría la muerte de
bebés en el hospital público como pecado; por lo tanto, contrario
a la voluntad de Dios. No permitiría que los teólogos cargaran a la cuenta de la Providencia el río que
se transformó en cloaca, el bosque incendiado y las comunas que se acumulan en
la periferia de las grandes ciudades. Jamás dejaría que se intentara explicar
el accidente automovilístico causado por un borracho como suceso de la
“voluntad permisiva de Dios”.
Si pudiera, pediría a las personas que intentaran vivir una espiritualidad
menos alucinada y más “con los pies sobre la tierra”. Diría: de nada sirve
disfrazar la realidad del mundo con deseos utópicos. De la misma manera en que
un etíope no cambia el color de su piel, no se altera la realidad cerrando los
ojos y esperando un paraíso de delicias.
Soy consciente que no seré oído por la gran mayoría. Debo seguir escribiendo,
hablando… puede ser que unos pocos presten atención.
Soli Deo Gloria.