miércoles, 28 de agosto de 2013

COMO EL HIJO PRÓDIGO

EL PAÍS LEJANO

Henri Nouwen

También dijo: "Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos dijo a su padre:  "Padre,  dame la parte de los bienes que me corresponde".  Y les repartió los bienes.
No muchos días después,  juntándolo todo, el hijo menor se fue lejos a una provincia apartada, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
Cuando todo lo hubo malgastado,  vino una gran hambre en aquella provincia y comenzó él a pasar necesidad.
Entonces fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra,  el cual lo envió a su hacienda para que apacentara cerdos.
Deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos,  pero nadie le daba.
Volviendo en sí,  dijo: "¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan,  y yo aquí perezco de hambre!
Me levantaré e iré a mi padre,  y le diré: Padre,  he pecado contra el cielo y contra ti.
Ya no soy digno de ser llamado tu hijo;  hazme como a uno de tus jornaleros;".
Entonces se levantó y fue a su padre.  Cuando aún estaba lejos,  lo vio su padre y fue movido a misericordia,  y corrió y se echó sobre su cuello y lo besó.

Lucas 15:11-20

Soy el hijo pródigo cada vez que busco el amor incondicional donde no puede hallarse. ¿Por qué sigo ignorando el lugar del amor verdadero y me empeño en buscarlo en otra parte? ¿Por qué sigo marchándome del hogar donde soy tratado como un hijo de Dios, el amado de mi Padre?

Estoy admirado de cómo sigo cogiendo los regalos que Dios me ha dado – mi salud, mis dones intelectuales y emocionales – y sigo utilizándolos para impresionar a la gente, para reafirmarme, y para competir por el premio, en vez de utilizarlos para gloria de Dios.

Sí, a menudo los llevo conmigo a la «tierra lejana» y los pongo al servicio de un mundo explotador que no reconoce su valor verdadero. Es casi como si quisiera demostrarme a mí mismo y al mundo que no necesito del amor de Dios, que puedo vivir por mí mismo, que quiero ser plenamente independiente.

Detrás de todo esto está la gran rebelión, el «No» retundo al amor del Padre, la maldición no expresada con palabras: «Me gustaría que estuvieses muerto.» El «No» del hijo pródigo refleja la rebelión original de Adán: su rechazo al Dios en cuyo amor hemos sido creados y cuyo amor nos sostiene. Es la rebelión que me coloca fuera del jardín, fuera del alcance del árbol de la vida. Es la rebelión que hace que me disperse en un «país lejano».

Aquí se desvela el misterio de mi vida. Soy amado en tal medida que soy libre para dejar el hogar.

La bendición está allí desde el principio. La he rechazado y sigo rechazándola. Pero el Padre continúa esperándome con los brazos abiertos, preparado para recibirme y susurrarme al oído: «Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco.»


Reflexiona acerca de cómo nosotros, a veces, somos como el hijo pródigo.

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