Igual que sucede en el ámbito individual,
la gratitud es esencial en la vida cristiana comunitaria. Dios concede lo mucho
a quien sabe agradecer lo poco que recibe cada día. Nuestra falta de gratitud
impide que Dios nos conceda los grandes dones espirituales que nos tienen
reservados. Pensamos que no debemos darnos por satisfechos con la pequeña
medida de sabiduría, experiencia y caridad cristianas que nos ha sido concedida.
Nos lamentamos de no haber recibido la misma certidumbre y la misma riqueza de
experiencias que otros cristianos, y nos parece que estas quejas son un signo
de piedad. Oramos para que se nos concedan grandes cosas y nos olvidamos de
agradecer las pequeñas (¿pequeñas?) que recibimos cada día. ¿Cómo va a conceder
Dios lo grande a quien no sabe recibir con gratitud lo pequeño?
Todo esto es también aplicable a la vida de comunidad. Debemos dar gracias a Dios diariamente por la comunidad cristiana a la que pertenecemos. Aunque no tenga nada que ofrecemos, aunque sea pecadora y de fe vacilante. ¡Qué importa! Pero si no hacemos más que quejarnos ante Dios por ser todo tan miserable, tan mezquino, tan poco conforme con lo que habíamos esperado, estamos impidiendo que Dios haga crecer nuestra comunidad según la medida y riqueza que nos ha dado en Jesucristo. Esto concierne de un modo especial a esa actitud permanente de queja de ciertos pastores y miembros "piadosos" respecto a sus comunidades.
Un pastor no
debe quejarse jamás de su comunidad, ni siquiera ante Dios. No le ha sido
confiada la comunidad para que se convierta en su acusador ante Dios y ante los
hombres. Cualquier miembro que cometa el error de acusar a su comunidad debería
preguntarse primero si no es precisamente Dios quien destruye la quimera que él
se había fabricado. Si es así, que le dé gracias por esta tribulación. Y si no
lo es, que se guarde de acusar a la comunidad de Dios; que se acuse más bien
así mismo por su falta de fe; que pida a Dios que le haga comprender en qué ha
desobedecido o pecado y lo libre de ser un escándalo para los otros miembros de
la comunidad; que ruegue por ellos, además de por sí mismo, y que, además de
cumplir lo que Dios le ha encomendado, le dé gracias.
Con la comunidad cristiana ocurre lo mismo que con la santificación de nuestra vida personal. Es un don de Dios al que no tenemos derecho. Sólo Dios sabe cuál es la situación de cada uno. Lo que a nosotros nos parece insignificante puede ser muy importante a los ojos de Dios. Así como el cristiano no debe estar preguntándose constantemente por el estado de su vida espiritual tampoco Dios nos ha dado la comunidad para que estemos constantemente midiendo su temperatura. Cuanto mayor sea nuestro agradecimiento por lo recibido en ella cada día, tanto mayor será su crecimiento para agrado de Dios.
(Texto extraído del Libro
"Vida en Comunidad" de Dietrich Bonhoeffer,
Ed. Sígueme - Salamanca 1985.)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario