En el A.T. Jerusalén personificó la promesa de la tierra. Todo lo que se había prometido concerniente a la tierra, seguridad, paz y prosperidad, dependía de la OBEDIENCIA de la ciudad de Jerusalén como Ciudad de Dios. Porque sólo donde Dios moraba existiría esa calidad esencial de santidad necesaria para poseer la tierra. Con razón, entonces, que toda la atención se enfocaba en Jerusalén. Las esperanzas de Israel para obtener salvación, libertad, y paz, estaban incorporadas al destino de esa ciudad. Sin embargo, en la era neotestamentaria le ocurrirían trágicos eventos a esa ciudad. La ciudad “eterna” fue destruida como cualquier ciudad temporal de la historia universal. El aparato bélico del imperio Romano arrasó con la “Ciudad de la Paz”.
Las promesas no fueron cumplidas en la Jerusalén geográfica porque su gente respondió a Jesús tal como lo hicieron con los profetas que Dios les envió a lo largo de la historia: “!Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!” (Mat.23:37). La consecuencia de esta respuesta hostil a Jesús es pérdida de la tierra, ya que el reino de Dios les será quitado (21:33-44). Los líderes de Israel no entendieron cómo recibir la herencia de la tierra ni cómo saber las condiciones necesarias para para recibir la paz prometida (Luc.19:42). Dios había visitado a Jerusalén en la persona de su Hijo, y Jesús había deseado reunir a los hijos de Jerusalén “como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas”, pero ellos no tenían el deseo de que eso sucediera. Por consiguiente, Jerusalén quedó abandonada, desprovista de la presencia prometida de Dios, y expuesta al juicio horrendo (Mat.23:37;Luc.23:28ss). Inclusive el templo sería destruido, y vendrían días de venganza (Mat.24; Luc.21). En lugar de prosperidad, vendría una terrible destrucción; en lugar de paz, violencia; en lugar de regocijo, llanto. Jesús lloró por Jerusalén a causa del futuro que vendría sobre ella (Luc.19:41ss).
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