Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 27, septiembre 1997
Entre estos seguidores del fundamentalismo evangélico americano nace con el surgimiento del estado de Israel, la convicción de que esto mismo ya había sido predicho por los profetas bíblicos. Alegan haber descubierto en tales profecías incluso que la existencia de un estado judío en Palestina es condición previa necesaria e indispensable para que puedan cumplirse otras profecías, tales como la Batalla Final entre los ejércitos del Bien y del Mal, el regreso de Cristo y la llegada del Milenio. Durante la Guerra Fría la imaginación religiosa de los fundamentalistas americanos no dudó de que la Batalla Final tendría de un lado al ejército soviético y del otro el americano, para lo cual EE.UU. debía constituirse en aliado incondicional de Israel.
Esta mezcla de fundamentalismo religioso, patriotismo americano, fervor anticomunista y convicción de que la existencia del estado de Israel es indispensable para que Dios pueda cumplir lo prometido en su Palabra, se ha difundido naturalmente entre muchos evangélicos de todo el mundo, debido al importante papel de los americanos en la expansión de la fe evangélica.
Por cada presunta profecía respecto a un futuro glorioso para el estado moderno de Israel, se pueden encontrar en la Biblia fácilmente dos docenas de profecías auténticas que exigen de toda persona y de toda nación la justicia, la atención a los oprimidos y el amor al prójimo.
Durante la época que narran los libros de Reyes y de Crónicas en la Biblia, no faltaron falsos intérpretes de la voluntad divina, que aseguraban sin cesar que Israel, Judá o Jerusalén, sencillamente por haber sido elegidas por Dios, jamás caerían sino que figurarían eternamente en el plan divino para la humanidad. Los verdaderos portavoces de Dios vieron de antemano con toda claridad que esas sociedades, por la injusticia y la opresión que las sostenían, tarde o temprano serían juzgadas severamente y destruidas por la justicia divina. Lo cual efectivamente sucedió. Los verdaderos profetas sabían que Dios no es racista: no es antisemita por supuesto; pero tampoco es anti ninguna otra raza humana.
El estado de Israel es el más reciente de los muchos creados en tierras ajenas por emigrantes europeos. La guerra entre palestinos e israelíes produce una triste sensación de déjà vu, de «esto ya lo he visto». Es otra vez la conquista del oeste americano. Una población autóctona resiste con medidas desesperadas de guerrillas, de terrorismo, de ataques furtivos, con flechas y hachas de piedra entonces, con piedras y bombas caseras hoy. Mientras tanto los emigrantes europeos persiguen sin cuartel el objetivo final de cuyo éxito final jamás se podrá dudar: su nación «moderna» y «civilizada» habrá de imponerse.
Tanto los indios de otra época como los palestinos de hoy, parece ser, deberían sencillamente haber previsto que estaban destinados a perder sus tierras, su nación y su identidad. Deberían haber tenido el buen gusto de desaparecer sin quejarse ni resistir.
La injusticia de los planteamientos israelíes escandaliza la sensibilidad de cualquier persona moral y no me cabe duda que ofende el sentido de justicia de Dios mismo. ¿De verdad ha decretado Dios despojar a los cristianos y musulmanes que desde hace siglos venían conviviendo en aquella tierra pacíficamente con sus judíos autóctonos?
La guerra, el odio y el racismo en Israel están segando y segarán al fin el juicio de Dios, tal como siempre ha sucedido en todas las naciones de la humanidad. Dios no hace acepción de personas ni de razas ni de naciones.
¿Y qué entonces de las promesas y profecías bíblicas? Según los apóstoles, según el Nuevo Testamento desde Mateo hasta el Apocalipsis, todas las profecías se cumplieron y se cumplen en la persona de Jesucristo. La esperanza cristiana aguarda la consumación final de lo conseguido ya en su cruz y su resurrección. Esa consumación no requiere otra obra adicional. No requiere otra intervención divina distinta a la realizada por Jesús en la cruz. Y desde entonces Dios no tiene otro pueblo que el que está compuesto por los que siguen al manso y humilde rabino judío del Nazaret de hace 2000 años, Jesús.
Esta imparcialidad divina jamás debió dar lugar a la herejía del antisemitismo, esa saña con que los cristianos han aterrorizado durante siglos a sus pobres vecinos judíos. Tampoco da lugar a suponer que el presente estado de Israel tenga otra naturaleza ni otro destino que cualquier otro estado contemporáneo. Según Jesús, quien vive por la espada a espada morirá y serán los mansos los que hereden la tierra.
¡Conceda Dios paz a todas nuestras naciones, y jamás halle a sus hijos apoyando la injusticia, la opresión y el expolio!
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